• Document: DIOSES Y HÉROES DE LA ANTIGUA GRECIA
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Robert Graves DIOSES Y HÉROES DE LA ANTIGUA GRECIA TRADUCCIÓN DE CARLES SERRAT PRÓLOGO DE RAMÓN IRIGOYEN MILLENIUM las 100 joyas del milenio Colección Millenium las 100 joyas del milenio Una colección publicada por EL MUNDO, UNIDAD EDITORIAL, S. A. c/ Pradillo, 42 28002 Madrid Dioses y héroes de la antigua Grecia Título original: Greek Gods and Heroes Traducción de Carles Serrat Licencia editorial para BIBLIOTEX, S. L. © The Trustees of the Robert Graves Copyright Trust © 1999 UNIDAD EDITORIAL, por acuerdo con Bibliotex, S. L. para esta edición Diseño cubierta e interiores: ZAC diseño gráfico Ilustración: Javier Vellés Impresión y encuadernación: Printer, Industria Gráfica, S. A. ISBN: 84-8130-155-8 Dep. Legal: B. 27.353-1999 De venta conjunta e inseparable con EL MUNDO Prólogo RAMÓN IRIGOYEN Mi experiencia, gravemente traumática, de la religión católica fue la razón determinante de mi tardío descubrimiento de los maravillosos mitos griegos. Por ejemplo, cuando cursaba filología clásica en la Universidad de Salamanca, allá por los años en que aparecieron los Beatles, aunque no precisamente por el Patio de Anaya de la facultad de filosofía y letras, y asistía a las clases de griego de los grandes helenistas Martín. S. Ruipérez y Luis Gil, con la hostia consagrada todavía casi en la punta de la lengua, un libro tan prodigiosamente delicioso como Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Roben Graves, que ya se había publicado en Londres, si me lo hubiera encontrado entonces, me habría parecido un aborto del diablo. Frente a la verdad cristiana revelada, cuyo cielo estaba gobernado serena y castamente por Dios Padre, y que iluminaba mi vida con las más divinas luces de los profetas del Antiguo Testamento y los salvíficos relatos de los evangelistas, el miserable Olimpo griego, poblado promiscuamente por dioses y diosas, que copulaban como camellos, me parecía un repugnante prostíbulo sin pies ni cabeza. La religión, me decía, después de la comunión, es algo profundamente serio y solemne, y estos dioses griegos degenerados no son más que tratantes de ganado. Leo, estos días, por razones de trabajo, el prólogo de la excelente traducción de Vidas de filósofos, de Diógenes Laercio, que, en el siglo XVIII, firmó el gran helenista José Ortiz y Sainz, quien declara que ha disfrazado muchas palabras y expresiones menos decentes que Diógenes Laercio usa, como gentil que es, sin ninguna reserva. Y el traductor las anota, para que no dañen al lector, porque son opiniones ajenas a la sana moral. E incluso un hombre tan culto y fino como Ortiz y Sainz no puede librarse de la demente suficiencia que suele generar la fe en el Dios de los católicos. Aquí aparece, con todos sus hierros y yerros, el católico español que es más bruto que un arado etrusco, incluso, insisto, en el caso de un hombre fino como Ortiz y Sainz: «Por lo demás, los lectores se reirán como yo al ver los caprichos, sandeces, y necedades de Aristipo, Teodoro, Diógenes y demás cínicos; la metempsicosis pitagórica; ... el ateísmo de unos; el politeísmo de otros; y, en una palabra, cuantos disparates hacían y decían algunos filósofos de estos; pues la filosofía que no va sujeta a la revelación apenas dará paso sin tropiezo». Como se ve, a Ortiz y Sainz, le hacía gracia, por disparatada, la metempsicosis pitagórica, pero encontraba muy razonables —vamos, de lógica germánicamente cuadrada— la virginidad de María después del parto, la divinidad y resurrección de Jesucristo, su ascensión a los cielos. En 1958 Luis Cernuda escribe «Historial de un libro. (La Realidad y el Deseo)», su autobiografía poética resumida en treinta y siete prodigiosas páginas. Y allí queda claro por qué un libro como, por ejemplo, Dioses y héroes de la antigua Grecia era imposible que fuera fruto de un cerebro español. Dice Cernuda: «No puedo menos de deplorar que Grecia nunca tocara al corazón ni a la mente española, los más remotos e ignorantes, en Europa, de “la gloria que fue Grecia”. Bien se echa de ver en nuestra vida, nuestra historia, nuestra literatura». Y, aunque está muy claro, hay que explicar por qué Grecia, con muy pocas excepciones, no ha rozado nuestra vida, nuestra historia, nuestra literatura. Y Grecia no ha rozado la cultura española porque aquí, levantes donde levantes una piedra, siempre te salta al ojo una puta iglesia románica. Tampoco, cuando me fui a vivir a Atenas, a los veinticuatro años, tuve suerte con los mitos griegos. Allí, al borde de la Acrópolis, quedó pulverizada instantáneamente mi fe católica e, inmediata

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